El texto plantea una paradoja que atraviesa la experiencia humana con una profundidad inquietante: la incapacidad de traducir lo más auténtico en palabras. La inefabilidad de ciertas emociones no solo es una limitación del lenguaje, sino también una revelación sobre la naturaleza misma del sentir. No todo puede ser dicho sin perder su esencia; hay experiencias que resisten la forma, que se niegan a ser contenidas en el corsé de la gramática, y es precisamente en esa resistencia donde radica su verdad.
Me resulta especialmente reveladora la reflexión sobre el amor de Joel por su mujer. Un amor que no se verbaliza, que se aferra a la presencia, a la mirada, al gesto contenido. ¿Es menos real por no ser expresado? La idea de que un sentimiento deba ser comunicado para adquirir valor es una trampa del lenguaje, una imposición de nuestra necesidad de certeza. Hay amores que existen sin testigos, lealtades que no buscan confirmación, dolores que no requieren audiencia.
El texto también introduce una cuestión esencial: ¿de qué sirve un sentimiento si no es percibido por su destinatario? ¿Es suficiente sentir o es necesario que el otro lo sepa, que lo devuelva, que lo reconozca? Aquí se dibuja una tensión sin resolución definitiva. Sentimos porque estamos vivos, porque es la condición primaria de nuestra existencia. Pero al mismo tiempo, el ser humano es un animal simbólico que busca en el lenguaje y en la respuesta del otro la validación de su experiencia.
Quizá el punto más potente del texto resida en la relación entre emoción y lenguaje. La distinción que plantea Damasio entre la emoción como fuerza primigenia y el sentimiento como su racionalización encaja con esa lucha eterna entre lo que se siente y lo que se dice. La emoción es pura en su irrupción, pero en el momento en que intentamos atraparla en palabras, se filtra, se desgasta, se acomoda a los límites del discurso. Lo que no se dice, a veces, se mantiene intacto, inmenso, libre de interpretaciones ajenas. Algunas emociones, de hecho, se vuelven más poderosas en su inefabilidad. Hay sentimientos que, al ser nombrados, pierden su brillo, como si el lenguaje los limitara en lugar de engrandecerlos.
Por eso, creo que la tendencia a medir la validez de una emoción según su capacidad de generar un impacto en el otro es, en cierto modo, una trampa. No todo lo verdadero necesita ser proclamado. Hay lealtades que no requieren gestos, afectos que se sostienen en el silencio. Sentir es, en sí mismo, suficiente. No hace falta que el otro lo perciba para que sea auténtico.
La emoción no necesita un propósito para ser válida. No tiene que generar un cambio, no tiene que ser útil, no tiene que traducirse en acción. Basta con que exista. Porque sentir, aunque sea en la más absoluta soledad, es la prueba última de que estamos vivos.
Para mí, sentir es suficiente porque nos constituye, nos define, nos inscribe en la experiencia de lo vivo. Que el otro lo perciba es secundario. Hermoso, deseable, pero no imprescindible.
En efecto, creo que el punto más importante del artículo (y así lo pretendía, aunque me quede corto tanto en caracteres como en argumentos) es la diferencia entre emoción y sentimiento, entre pulsión primigenia y expresión razonada. Pienso mucho en la facultad de expresión que permite comunicar aspectos que, de otra forma, serían íntimos y nunca saldrían de nuestra mente; pero, por otra parte, esa misma facultad se ve obstaculizada en algunos casos por una falta de lenguaje —entendido en un sentido amplio— que permita traducirlo. Apuntaban en otro comentario al arte como vehículo expresivo y, ciertamente, puede serlo; y, sin embargo, esa huella de inefabilidad persiste a la hora de afrontar determinadas emociones, como si las pulsiones naturales fuesen demasiado violentas, demasiado suprahumanas para ser comunicadas mediante lenguajes.
Y qué maravilla de respuesta. Subrayo todo lo que dices, Chus.
La emoción en si misma no sirve a ningún propósito "productivo", por llamarlo de algún modo. Su existencia tampoco depende de cómo de exitosa sea la transmisión de esa información al otro.
Veo aquí claramente tu cuestionamiento como lingüista, Emi😁: si el propósito del lenguaje es construir significado desde la semiótica para así poder transmitir un mensaje a un receptor, ¿cómo puede ser que no encontremos a veces la manera de poner una realidad interna, una experiencia en palabras? ¿Cómo puede ser que no tengamos referencia suficiente para expresar una emoción? ¿De dónde nace esa sensación de no estar transmitiendo con suficiente precisión aquello que sentimos? ¿Es un *bug* del sistema? 😅
Quizá la vida se trata en parte, de aprender a significarnos en nuestro propio lenguaje interno y aceptar que no todo tiene que estar validado por el otro para existir. Que hay emociones que no pueden ser transmitidas por ningún idioma ni sistema lingüístico normativo, verbal, o no verbal, y eso no significa que 'no existan'.
Puede que nos preguntemos esto porque hemos crecido en un mundo donde exhibir emocionalidad, más aún por parte de los hombres, no ha sido socialmente aceptado. Porque nadie nos 'enseña' a sentir. Ni se nos advierte que las emociones requieren de tiempo para ser entendidas y procesadas, para asumir que están ahí y lo que representan para nosotros.
O tal vez las emociones nos conectan con la grandeza del ser humano y es algo tan superior que habita en otro lugar para el que no tenemos marco de referencia. 😊
Tu última frase, Laura, es la que me provoca más ideas y quebraderos de cabeza. Por un lado, siento (o quiero pensar) que el lenguaje debería ser capaz de expresar todas esas emociones inefables de las que hablo en el artículo; por otro, la realidad muestra —como es el caso de Joel en «Una muerte en la familia»— que hay ocasiones en las que ningún lenguaje, sea del tipo que sea, puede expresarlas.
Clara apuntaba a esas emociones como un recordatorio de lo trascendente; y podría ser así, no lo niego. No obstante, quizá lo que (nos) falte sea un nuevo lenguaje, una nueva forma de traducir todo ello a palabras nunca oídas y expresiones jamás transcritas. Tal vez así habría pulsiones básicas que sí podríamos comunicar a los demás… quién sabe.
Podría ser. O, como decía en el comentario anterior, quizá la vida se trate de aprender a reconocernos en nuestro propio lenguaje interno, qué significa lo que sentimos y por qué.
Más que estar limitados en la expresión de lo inefable por una parte primigenia, yo lo siento al revés: es esa parte más intuitiva o irracional, más animal, la que nos permite acceder a esas emociones que a veces no podemos explicar.
Tal vez sea porque ya estaban ahí antes de que pudiéramos expresarnos con símbolos o sonidos. Antes de que existiese el lenguaje como forma de transmisión de información.
¿No es el lenguaje de las emociones lo más universal que hay, lo que nos recuerda que somos humanos?
Gracias, el lenguaje de lo inefable no es una cosa, pero las palabras marcan entradas y salidas, son palabras las que han faltado en mi inefable situación actual de desamor. Gracias por tu escritura.
El cierre de tu texto me ha emocionado, Emi. 😌 Irónicamente, no te sabía decir qué emoción me ha generado... así que has logrado a la perfección tu propósito de transmitirnos tus reflexiones sobre lo inefable.
Ya que nos preguntas por ello, te compartiré mi visión sobre este tema. Como buena "neptuniana", lo inefable tiene un lugar prominente en mi vida cotidiana. (Lo cual tiene sus pros, y sus contras). Según yo lo veo, las emociones que asociamos a lo inefable no requieren ser puestas en palabras para cumplir su función principal, que es recordarnos -de manera bastante visceral, no mental- que estamos ante algo que nos trasciende.
Creo que las emociones inefables son siempre un atisbo de nuestra pertenencia a una realidad que es mucho mayor que nosotros, pequeños individuos humanos.
Qué hagamos nosotros con la experiencia de lo inefable, ya dependerá de cada uno: intentar ponerlo -a malas penas- en palabras para transmitirlo, dejar que nos empuje o movilice hacia la acción coherente con la experiencia interna, o simplemente dejar que nos *transforme* por dentro. Pues esas experiencias suelen ser potencialmente transformadoras, y creo que para bien. ¿No crees?
Dicen algunos que la propia palabra "emoción" contiene la clave de su naturaleza y función: que es una energía hecha para movilizarnos (e-moción). Esa movilización puede ser en forma de palabras, gestos, acciones, o movimientos internos de cambio.
En el caso de las emociones inefables, al ser tan... inefables, la acción que generan es, irremediablemente, de una índole más sutil o refinada. Y no tienen fácil traducción a palabras y gestos concretos, como tú bien decías. Pero que no tengan fácil traducción no significa que no lo podamos intentar... para eso están la poesía y el arte! 😄
Gracias por compartir esta reflexión, Emi. Me ha gustado mucho (como siempre).
Quizá sea por mi formación filológica, pero me resulta difícil pensar (racionalmente) en una emoción que conlleve un significado —por denominar nuestra respuesta a la misma de alguna forma— trascendente sin que sea posible comunicarlo mediante el lenguaje. De alguna manera, y sin menoscabo alguno de su importancia, me resulta algo primitivo, pre-racional: sería como si nuestra naturaleza animal nos impidiese procesar aquello que sentimos y nos limitásemos a experimentarlo de forma pasiva.
Creo que, dada nuestra capacidad de comprensión y nuestro desarrollo cognitivo, la imposibilidad de expresar esos estados tiene más que ver con las relaciones que establecemos con los demás, con el entorno; puede que esas emociones primigenias sean inefables solo en virtud de su excepcionalidad en.nuestro círculo más próximo, como le ocurre al personaje del párrafo inicial del artículo.
Pero, desde luego, en lo que coincido contigo plenamente es en que, si existe un lenguaje que pueda expresar esa inefabilidad, es el arte. Por fortuna.
"Lo inefable puede gritar muy alto desde su silencio." Y grita de hecho. Toda emoción es un puñetazo que surge desde el fondo de la biota intestinal, donde aguarda agazapada esperando la oportunidad de saltar la valla de la in-fancia hasta alcanzar el verbo, con propósito de alcanzar lo infalible. Desde el fondo inefable hacia la certeza infalible.
Yo creo que el sentimiento parece estar más cerca del lenguaje que la emoción, siempre modulada por el pensamiento. Sin embargo, creo también que la emoción primaria, bruta, no deja de ser significativa por sí misma, aunque no se exprese en palabras. Quizá el valor no dependa tanto de su traducción sino de su existencia misma. Un amor silencioso sigue siendo amor. Un dolor contenido no deja de doler.
Me queda, como a ti, la incertidumbre. Quizá la única respuesta es que hay emociones que están destinadas a quedarse en el umbral de lo incomunicable, y en ello reside su belleza trágica.
Precisamente tus reflexiones son el tipo de cuestiones que me interesaban al redactar el artículo y que merece la pena debatir o pensar. La emoción es significativa a nivel individual, íntimo, desde luego: mi amor es siempre amor, aunque el destinatario no lo perciba o reciba. Pero, si nos quedamos en ese estado «solipsista», ¿cuánto de «verdadero» amor hay? Si no expresamos de alguna forma el gozo, ¿cuán alegres estamos en realidad? Quizá es una duda absurda, pero esa gradación que va de la emoción primitiva al sentimiento racionalizado me parece un camino digno de ser examinado con toda la profundidad posible.
Quizá solo el arte, como apunta Clara en otro comentario, nos dé pistas al respecto…
No creo que sea una duda absurda en absoluto, Emi. De hecho, me parece una cuestión esencial que toca el núcleo de lo que significa sentir, comunicar y compartir la existencia. Si la emoción es real en el ámbito íntimo, pero no se proyecta hacia el otro, algo resulta «incompleto» por decirlo de alguna forma.
La gradación que mencionas me resulta fascinante; sentimos antes de entender, reaccionamos antes de conceptualizar. Y sin embargo, al racionalizar la emoción, le damos forma, la domesticamos, la hacemos legible para nosotros mismos y para los demás. Ahora yo me pregunto: ¿Es más auténtica en su estado puro o cuando la vestimos con palabras y gestos que la hacen comunicable?
Como siempre Emi, tocas puntos y temas que generan más y más preguntas, algo que me tiene enganchado en el buen sentido. Tal vez no sea cuestión de verdad, sino de destino: algunas emociones nacen para compartirse, otras para habitar en el silencio. Ambas existen. Ambas tienen su lugar.
El texto plantea una paradoja que atraviesa la experiencia humana con una profundidad inquietante: la incapacidad de traducir lo más auténtico en palabras. La inefabilidad de ciertas emociones no solo es una limitación del lenguaje, sino también una revelación sobre la naturaleza misma del sentir. No todo puede ser dicho sin perder su esencia; hay experiencias que resisten la forma, que se niegan a ser contenidas en el corsé de la gramática, y es precisamente en esa resistencia donde radica su verdad.
Me resulta especialmente reveladora la reflexión sobre el amor de Joel por su mujer. Un amor que no se verbaliza, que se aferra a la presencia, a la mirada, al gesto contenido. ¿Es menos real por no ser expresado? La idea de que un sentimiento deba ser comunicado para adquirir valor es una trampa del lenguaje, una imposición de nuestra necesidad de certeza. Hay amores que existen sin testigos, lealtades que no buscan confirmación, dolores que no requieren audiencia.
El texto también introduce una cuestión esencial: ¿de qué sirve un sentimiento si no es percibido por su destinatario? ¿Es suficiente sentir o es necesario que el otro lo sepa, que lo devuelva, que lo reconozca? Aquí se dibuja una tensión sin resolución definitiva. Sentimos porque estamos vivos, porque es la condición primaria de nuestra existencia. Pero al mismo tiempo, el ser humano es un animal simbólico que busca en el lenguaje y en la respuesta del otro la validación de su experiencia.
Quizá el punto más potente del texto resida en la relación entre emoción y lenguaje. La distinción que plantea Damasio entre la emoción como fuerza primigenia y el sentimiento como su racionalización encaja con esa lucha eterna entre lo que se siente y lo que se dice. La emoción es pura en su irrupción, pero en el momento en que intentamos atraparla en palabras, se filtra, se desgasta, se acomoda a los límites del discurso. Lo que no se dice, a veces, se mantiene intacto, inmenso, libre de interpretaciones ajenas. Algunas emociones, de hecho, se vuelven más poderosas en su inefabilidad. Hay sentimientos que, al ser nombrados, pierden su brillo, como si el lenguaje los limitara en lugar de engrandecerlos.
Por eso, creo que la tendencia a medir la validez de una emoción según su capacidad de generar un impacto en el otro es, en cierto modo, una trampa. No todo lo verdadero necesita ser proclamado. Hay lealtades que no requieren gestos, afectos que se sostienen en el silencio. Sentir es, en sí mismo, suficiente. No hace falta que el otro lo perciba para que sea auténtico.
La emoción no necesita un propósito para ser válida. No tiene que generar un cambio, no tiene que ser útil, no tiene que traducirse en acción. Basta con que exista. Porque sentir, aunque sea en la más absoluta soledad, es la prueba última de que estamos vivos.
Para mí, sentir es suficiente porque nos constituye, nos define, nos inscribe en la experiencia de lo vivo. Que el otro lo perciba es secundario. Hermoso, deseable, pero no imprescindible.
Hermoso texto, Emi.
Muchísimas gracias por la reflexión, Chus.
En efecto, creo que el punto más importante del artículo (y así lo pretendía, aunque me quede corto tanto en caracteres como en argumentos) es la diferencia entre emoción y sentimiento, entre pulsión primigenia y expresión razonada. Pienso mucho en la facultad de expresión que permite comunicar aspectos que, de otra forma, serían íntimos y nunca saldrían de nuestra mente; pero, por otra parte, esa misma facultad se ve obstaculizada en algunos casos por una falta de lenguaje —entendido en un sentido amplio— que permita traducirlo. Apuntaban en otro comentario al arte como vehículo expresivo y, ciertamente, puede serlo; y, sin embargo, esa huella de inefabilidad persiste a la hora de afrontar determinadas emociones, como si las pulsiones naturales fuesen demasiado violentas, demasiado suprahumanas para ser comunicadas mediante lenguajes.
Y qué maravilla de respuesta. Subrayo todo lo que dices, Chus.
La emoción en si misma no sirve a ningún propósito "productivo", por llamarlo de algún modo. Su existencia tampoco depende de cómo de exitosa sea la transmisión de esa información al otro.
Veo aquí claramente tu cuestionamiento como lingüista, Emi😁: si el propósito del lenguaje es construir significado desde la semiótica para así poder transmitir un mensaje a un receptor, ¿cómo puede ser que no encontremos a veces la manera de poner una realidad interna, una experiencia en palabras? ¿Cómo puede ser que no tengamos referencia suficiente para expresar una emoción? ¿De dónde nace esa sensación de no estar transmitiendo con suficiente precisión aquello que sentimos? ¿Es un *bug* del sistema? 😅
Quizá la vida se trata en parte, de aprender a significarnos en nuestro propio lenguaje interno y aceptar que no todo tiene que estar validado por el otro para existir. Que hay emociones que no pueden ser transmitidas por ningún idioma ni sistema lingüístico normativo, verbal, o no verbal, y eso no significa que 'no existan'.
Puede que nos preguntemos esto porque hemos crecido en un mundo donde exhibir emocionalidad, más aún por parte de los hombres, no ha sido socialmente aceptado. Porque nadie nos 'enseña' a sentir. Ni se nos advierte que las emociones requieren de tiempo para ser entendidas y procesadas, para asumir que están ahí y lo que representan para nosotros.
O tal vez las emociones nos conectan con la grandeza del ser humano y es algo tan superior que habita en otro lugar para el que no tenemos marco de referencia. 😊
Tu última frase, Laura, es la que me provoca más ideas y quebraderos de cabeza. Por un lado, siento (o quiero pensar) que el lenguaje debería ser capaz de expresar todas esas emociones inefables de las que hablo en el artículo; por otro, la realidad muestra —como es el caso de Joel en «Una muerte en la familia»— que hay ocasiones en las que ningún lenguaje, sea del tipo que sea, puede expresarlas.
Clara apuntaba a esas emociones como un recordatorio de lo trascendente; y podría ser así, no lo niego. No obstante, quizá lo que (nos) falte sea un nuevo lenguaje, una nueva forma de traducir todo ello a palabras nunca oídas y expresiones jamás transcritas. Tal vez así habría pulsiones básicas que sí podríamos comunicar a los demás… quién sabe.
Podría ser. O, como decía en el comentario anterior, quizá la vida se trate de aprender a reconocernos en nuestro propio lenguaje interno, qué significa lo que sentimos y por qué.
Más que estar limitados en la expresión de lo inefable por una parte primigenia, yo lo siento al revés: es esa parte más intuitiva o irracional, más animal, la que nos permite acceder a esas emociones que a veces no podemos explicar.
Tal vez sea porque ya estaban ahí antes de que pudiéramos expresarnos con símbolos o sonidos. Antes de que existiese el lenguaje como forma de transmisión de información.
¿No es el lenguaje de las emociones lo más universal que hay, lo que nos recuerda que somos humanos?
Me ha gustado tu forma de «darle la vuelta» a la tesis. Me la guardo.
Gracias, el lenguaje de lo inefable no es una cosa, pero las palabras marcan entradas y salidas, son palabras las que han faltado en mi inefable situación actual de desamor. Gracias por tu escritura.
Gracias a ti, Neo; me alegro de que te haya gustado. Ahora, a buscar esas palabras para lograr la expresión. Ánimo.
El cierre de tu texto me ha emocionado, Emi. 😌 Irónicamente, no te sabía decir qué emoción me ha generado... así que has logrado a la perfección tu propósito de transmitirnos tus reflexiones sobre lo inefable.
Ya que nos preguntas por ello, te compartiré mi visión sobre este tema. Como buena "neptuniana", lo inefable tiene un lugar prominente en mi vida cotidiana. (Lo cual tiene sus pros, y sus contras). Según yo lo veo, las emociones que asociamos a lo inefable no requieren ser puestas en palabras para cumplir su función principal, que es recordarnos -de manera bastante visceral, no mental- que estamos ante algo que nos trasciende.
Creo que las emociones inefables son siempre un atisbo de nuestra pertenencia a una realidad que es mucho mayor que nosotros, pequeños individuos humanos.
Qué hagamos nosotros con la experiencia de lo inefable, ya dependerá de cada uno: intentar ponerlo -a malas penas- en palabras para transmitirlo, dejar que nos empuje o movilice hacia la acción coherente con la experiencia interna, o simplemente dejar que nos *transforme* por dentro. Pues esas experiencias suelen ser potencialmente transformadoras, y creo que para bien. ¿No crees?
Dicen algunos que la propia palabra "emoción" contiene la clave de su naturaleza y función: que es una energía hecha para movilizarnos (e-moción). Esa movilización puede ser en forma de palabras, gestos, acciones, o movimientos internos de cambio.
En el caso de las emociones inefables, al ser tan... inefables, la acción que generan es, irremediablemente, de una índole más sutil o refinada. Y no tienen fácil traducción a palabras y gestos concretos, como tú bien decías. Pero que no tengan fácil traducción no significa que no lo podamos intentar... para eso están la poesía y el arte! 😄
Gracias por compartir esta reflexión, Emi. Me ha gustado mucho (como siempre).
Quizá sea por mi formación filológica, pero me resulta difícil pensar (racionalmente) en una emoción que conlleve un significado —por denominar nuestra respuesta a la misma de alguna forma— trascendente sin que sea posible comunicarlo mediante el lenguaje. De alguna manera, y sin menoscabo alguno de su importancia, me resulta algo primitivo, pre-racional: sería como si nuestra naturaleza animal nos impidiese procesar aquello que sentimos y nos limitásemos a experimentarlo de forma pasiva.
Creo que, dada nuestra capacidad de comprensión y nuestro desarrollo cognitivo, la imposibilidad de expresar esos estados tiene más que ver con las relaciones que establecemos con los demás, con el entorno; puede que esas emociones primigenias sean inefables solo en virtud de su excepcionalidad en.nuestro círculo más próximo, como le ocurre al personaje del párrafo inicial del artículo.
Pero, desde luego, en lo que coincido contigo plenamente es en que, si existe un lenguaje que pueda expresar esa inefabilidad, es el arte. Por fortuna.
Un abrazo, Clara.
"Lo inefable puede gritar muy alto desde su silencio." Y grita de hecho. Toda emoción es un puñetazo que surge desde el fondo de la biota intestinal, donde aguarda agazapada esperando la oportunidad de saltar la valla de la in-fancia hasta alcanzar el verbo, con propósito de alcanzar lo infalible. Desde el fondo inefable hacia la certeza infalible.
De lo inefable a lo infalible… Un largo viaje, desde luego. No obstante, no estoy seguro de que se llegue a buen término en muchas ocasiones.
Qué bonita reflexión Emi.
Yo creo que el sentimiento parece estar más cerca del lenguaje que la emoción, siempre modulada por el pensamiento. Sin embargo, creo también que la emoción primaria, bruta, no deja de ser significativa por sí misma, aunque no se exprese en palabras. Quizá el valor no dependa tanto de su traducción sino de su existencia misma. Un amor silencioso sigue siendo amor. Un dolor contenido no deja de doler.
Me queda, como a ti, la incertidumbre. Quizá la única respuesta es que hay emociones que están destinadas a quedarse en el umbral de lo incomunicable, y en ello reside su belleza trágica.
Gracias por compartirlo.
Un abrazo.
Mil gracias, Jaime.
Precisamente tus reflexiones son el tipo de cuestiones que me interesaban al redactar el artículo y que merece la pena debatir o pensar. La emoción es significativa a nivel individual, íntimo, desde luego: mi amor es siempre amor, aunque el destinatario no lo perciba o reciba. Pero, si nos quedamos en ese estado «solipsista», ¿cuánto de «verdadero» amor hay? Si no expresamos de alguna forma el gozo, ¿cuán alegres estamos en realidad? Quizá es una duda absurda, pero esa gradación que va de la emoción primitiva al sentimiento racionalizado me parece un camino digno de ser examinado con toda la profundidad posible.
Quizá solo el arte, como apunta Clara en otro comentario, nos dé pistas al respecto…
Un abrazo.
No creo que sea una duda absurda en absoluto, Emi. De hecho, me parece una cuestión esencial que toca el núcleo de lo que significa sentir, comunicar y compartir la existencia. Si la emoción es real en el ámbito íntimo, pero no se proyecta hacia el otro, algo resulta «incompleto» por decirlo de alguna forma.
La gradación que mencionas me resulta fascinante; sentimos antes de entender, reaccionamos antes de conceptualizar. Y sin embargo, al racionalizar la emoción, le damos forma, la domesticamos, la hacemos legible para nosotros mismos y para los demás. Ahora yo me pregunto: ¿Es más auténtica en su estado puro o cuando la vestimos con palabras y gestos que la hacen comunicable?
Como siempre Emi, tocas puntos y temas que generan más y más preguntas, algo que me tiene enganchado en el buen sentido. Tal vez no sea cuestión de verdad, sino de destino: algunas emociones nacen para compartirse, otras para habitar en el silencio. Ambas existen. Ambas tienen su lugar.
Un abrazo. 🤗