Discusión sobre este post

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Avatar de Chus Recio

El texto plantea una paradoja que atraviesa la experiencia humana con una profundidad inquietante: la incapacidad de traducir lo más auténtico en palabras. La inefabilidad de ciertas emociones no solo es una limitación del lenguaje, sino también una revelación sobre la naturaleza misma del sentir. No todo puede ser dicho sin perder su esencia; hay experiencias que resisten la forma, que se niegan a ser contenidas en el corsé de la gramática, y es precisamente en esa resistencia donde radica su verdad.

Me resulta especialmente reveladora la reflexión sobre el amor de Joel por su mujer. Un amor que no se verbaliza, que se aferra a la presencia, a la mirada, al gesto contenido. ¿Es menos real por no ser expresado? La idea de que un sentimiento deba ser comunicado para adquirir valor es una trampa del lenguaje, una imposición de nuestra necesidad de certeza. Hay amores que existen sin testigos, lealtades que no buscan confirmación, dolores que no requieren audiencia.

El texto también introduce una cuestión esencial: ¿de qué sirve un sentimiento si no es percibido por su destinatario? ¿Es suficiente sentir o es necesario que el otro lo sepa, que lo devuelva, que lo reconozca? Aquí se dibuja una tensión sin resolución definitiva. Sentimos porque estamos vivos, porque es la condición primaria de nuestra existencia. Pero al mismo tiempo, el ser humano es un animal simbólico que busca en el lenguaje y en la respuesta del otro la validación de su experiencia.

Quizá el punto más potente del texto resida en la relación entre emoción y lenguaje. La distinción que plantea Damasio entre la emoción como fuerza primigenia y el sentimiento como su racionalización encaja con esa lucha eterna entre lo que se siente y lo que se dice. La emoción es pura en su irrupción, pero en el momento en que intentamos atraparla en palabras, se filtra, se desgasta, se acomoda a los límites del discurso. Lo que no se dice, a veces, se mantiene intacto, inmenso, libre de interpretaciones ajenas. Algunas emociones, de hecho, se vuelven más poderosas en su inefabilidad. Hay sentimientos que, al ser nombrados, pierden su brillo, como si el lenguaje los limitara en lugar de engrandecerlos.

Por eso, creo que la tendencia a medir la validez de una emoción según su capacidad de generar un impacto en el otro es, en cierto modo, una trampa. No todo lo verdadero necesita ser proclamado. Hay lealtades que no requieren gestos, afectos que se sostienen en el silencio. Sentir es, en sí mismo, suficiente. No hace falta que el otro lo perciba para que sea auténtico.

La emoción no necesita un propósito para ser válida. No tiene que generar un cambio, no tiene que ser útil, no tiene que traducirse en acción. Basta con que exista. Porque sentir, aunque sea en la más absoluta soledad, es la prueba última de que estamos vivos.

Para mí, sentir es suficiente porque nos constituye, nos define, nos inscribe en la experiencia de lo vivo. Que el otro lo perciba es secundario. Hermoso, deseable, pero no imprescindible.

Hermoso texto, Emi.

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Avatar de Clara Síem

El cierre de tu texto me ha emocionado, Emi. 😌 Irónicamente, no te sabía decir qué emoción me ha generado... así que has logrado a la perfección tu propósito de transmitirnos tus reflexiones sobre lo inefable.

Ya que nos preguntas por ello, te compartiré mi visión sobre este tema. Como buena "neptuniana", lo inefable tiene un lugar prominente en mi vida cotidiana. (Lo cual tiene sus pros, y sus contras). Según yo lo veo, las emociones que asociamos a lo inefable no requieren ser puestas en palabras para cumplir su función principal, que es recordarnos -de manera bastante visceral, no mental- que estamos ante algo que nos trasciende.

Creo que las emociones inefables son siempre un atisbo de nuestra pertenencia a una realidad que es mucho mayor que nosotros, pequeños individuos humanos.

Qué hagamos nosotros con la experiencia de lo inefable, ya dependerá de cada uno: intentar ponerlo -a malas penas- en palabras para transmitirlo, dejar que nos empuje o movilice hacia la acción coherente con la experiencia interna, o simplemente dejar que nos *transforme* por dentro. Pues esas experiencias suelen ser potencialmente transformadoras, y creo que para bien. ¿No crees?

Dicen algunos que la propia palabra "emoción" contiene la clave de su naturaleza y función: que es una energía hecha para movilizarnos (e-moción). Esa movilización puede ser en forma de palabras, gestos, acciones, o movimientos internos de cambio.

En el caso de las emociones inefables, al ser tan... inefables, la acción que generan es, irremediablemente, de una índole más sutil o refinada. Y no tienen fácil traducción a palabras y gestos concretos, como tú bien decías. Pero que no tengan fácil traducción no significa que no lo podamos intentar... para eso están la poesía y el arte! 😄

Gracias por compartir esta reflexión, Emi. Me ha gustado mucho (como siempre).

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