- La distinción entre orgullo y vanidad no es más, creo, que la interiorización de la aprobación social y su modelamiento. Puede ser incluso más puta, aparentemente más pura y sofisticada, pero más retorcida. A veces uno vive en una fantasía por no tener en cuenta el juicio ajeno, y a veces uno sufre por tenerlo en cuenta. La solución está en la adecuación a lo qué acontece, pues ahí no importa quien o cuantos juzguen.
- La personalidad, el ego o la identidad personal son meras construcciones ilusorias, no son reales. Podríamos decir que son herramientas ambivalentes que han de usarse con cuidado: nos permiten tener compromisos con los otros, dar un relato vital o dirigir nuestra conducta gracias a un sano orgullo (por ejemplo, obligándonos a un obrar moral y reforzándonos por ello o dotando de sentido nuestro obrar en el mundo); por otro lado, nos lastran al creer real y existente tal construcción ilusoria y confundir el relato con lo qué acontece. A mi parecer, hemos de tener por huevos un ego y usarlo para tener una buena vida, pero siendo conscientes de lo qué es. Es decir, hemos de ponernos en "modo on" y modo off" según convenga.
- Respecto a la pregunta de si es posible una visión ecuánime, yo diría que sí en bastante grado (más allá de debates sobre el realismo, el aprendizaje perceptivo ontogenético y la determinación (parcial) de los fenómenos por conceptos) y recomendaría una simple pero difícil práctica: adecuar el lenguaje a la realidad. Siempre que tratemos de describir una situación conviene evitar el uso de conceptos vagos y poco claro y limitarnos a los hechos que suceden, huyendo de toda valoración. La mayoría de conflictos o situaciones que suelen parecernos problemáticas dejan de serlo, pues la problematización radica en el juicio subjetivo, la valoración o la imaginación a futuro o pasado que existe a través de verbalizaciones. Yo lo llamo sufrimiento lingüístico. Seguramente, esto no es más que un control atencional de nuestras acciones aplicado al lenguaje, por ende, al pensamiento; pero es que el lenguaje tiene un peso tremebundo!
Por ejemplo: el escribir este mensaje por mi parte lleva implícito, aun siendo anónimo, un deseo de algún tipo de aprobación (sino, no lo compartiría; es gracioso la gente que hace cosas públicas (vestimenta, tatuajes, publicaciones...) y dice "lo hago por mí", lo qué muestra la complejidad de esa mirada ajena que interiorizamos), pero tal deseo es reconocido como egótico y usado, en cierto "modo on", para gozar de la escritura de este texto, leer una posible respuesta interesante o simplemente dejar una información que alguien podría encontrar útil. Ese reconocimiento del fin oculto que persigue el ego sólo puede darse con ecuanimidad y objetividad, y debemos ser conscientes de ello para dirigir al ego, a la herramienta, hacía los resultados que aportará, no al ego, sino a los sujetos sintientes que somos.
Un rescoldo de vanidad siempre queda y quedará. No querer ser vanidoso, no hay más grande vanidad. Aunque en el fondo, a mi parecer, nada de esto importa pues atiende al ego; y lo qué importa son los efectos que experimentamos.
Desde luego, si la vanidad se mide en la calidad y cantidad de palabras en el comentario, aquí tenemos una muestra… 😉
Obviando la broma, estoy de acuerdo contigo en la distinción entre orgullo y vanidad; uno mira hacia adentro y la otra hacia afuera. Lo que ocurre, pienso, es que ambos conceptos pueden ser malsanos si nos dejamos llevar solo por las «fantasías».
Lo cual me lleva a tu segundo punto: la identidad es un constructo, evidentemente, pero que influye de forma drástica en todo lo que hacemos, empezando por el relato que nos contamos. De ahí que si el relato está falseado, nuestros juicios también lo estarían y, en última instancia, valoraríamos de forma equivocado los juicios de otros.
Y todo ello nos lanza al tercer punto: la ecuanimidad en la valoración de los demás y de nosotros mismos. En este punto estoy un poco con Daniel: creo que es la realidad la que (con)forma nuestro lenguaje, de manera que al intentar adaptarnos en verdad estamos «creando» realidad. La nuestra, claro; la que nos conviene (y de ahí el tema de la newsletter).
Te agradezco mucho el comentario, Calda, porque da mucho que pensar y tus razonamientos provocan, a su vez, un montón de ideas que sería estupendo reflejar en próximas entregas.
Hay que admitir cierto constructivismo, por supuesto. La cuestión, como en todo, está en cuánto constructivismo. Yo soy realista, afirmo la existencia de una realidad independiente a mí y creo que es parcialmente cognoscible en si misma. El constructivismo radical topa con múltiples problemas a mi juicio y es incoherente. Hay ámbitos en los que sí soy fuertemente relativista, y reconozco que hay objetos ideales (conceptos) y sociales que crea totalmente el lenguaje y el ser humano inmerso en una sociedad: el Cid, la Patria, Dios, el Amor, una carrera de Derecho, un "sí, quiero", el contenido de un libro, los derechos y deberes, el Real Madrid o cualquier concepto y símbolo.
Precisamente, mi apunte va en ligar el lenguaje a acciones y hechos que todos concordamos para evitar un relato falseado, para distinguir aquello que sí es construido (los valores morales; las etiquetas diagnósticas como las "enfermedades mentales"; o los motivos de las acciones) respecto aquello que no es construido (los efectos de una acción; la conducta que un sujeto hace como no salir de casa o rumiar de forma compulsiva; o qué se dice el sujeto a si mismo antes de actuar o qué estímulo ha observado antes de se despierte la apetencia o motivación). Evidentemente, toda observación tiene una carga teórica, pero toda observación no es sólo carga teórica. Una cosa es la "res" y la otra el "dictum",
Por poner un ejemplo cotidiano que seguro hemos experimentado todos. En el trabajo, en casa o donde fuera, alguien no ordena algo e ipso facto pensamos "No piensa en mí, me está jodiendo o lo ha hecho adrede". Eso es una interpretación subjetiva. El hecho es que ha dejado las cosas ahí, sin más, y lo más probable es que haya sido por olvido. En este caso, la falta de ecuanimidad puede llevarnos a problemas como una discusión; pero lo qué es seguro es que nos llevará a sentir rabia hacía el otro.
Otro ejemplo: Pienso "soy una mierda" o "soy el puto amo", o "no soy capaz" o "soy capaz". Esto no refiere hechos. Referiría hechos si dijese: "He cogido un libro, lo he leído y al finalizar no he retenido nada" o "He hecho una tortilla y ha quedado buena". O "mi objetivo no se ha cumplido porqué no le dedique tiempo suficiente".
U otro: "Mi hijo es un vago" o "Juan ayuda a cruzar la calle a una anciana porque es bueno". Tu hijo no es vago, tu hijo no estudia y en cambio dedica horas a jugar a la consola. Hechos. Juan no ayuda por ser bueno, Juan ayuda y a eso le llamamos bueno. Si tu hijo estudiase, no dejaría de ser vago, sólo estudiaría; y si Juan dejase de ayudar, no dejaría de ser bueno, simplemente dejaría de ayudar a cruzar, y por ende, dejaría de ser bueno, pero no cómo algo que Juan es, sino como descripción de lo que Juan hace.
El problema, creo, es confundir conceptos que engloban hechos por simplicidad y economía (cosa que hay que hacer), a creer que esos conceptos son cosas. Cometemos una hipóstasis que nos lastra en muchos casos, o confundimos descripciones con explicaciones cayendo en tautologías y en otros meramente atribuimos propiedades (como la intención) que pueden ser ciertas pero no suelen serlos por infinitos sesgos.
A menudo se liga con atributos identitarios, en otros con un cierto antropomorfismo que ve en las acciones de los demás siempre motivos, cuando estas suelen ser más un mero efecto del "hábito" (y aún cuando son motivos, no preguntamos el porqué del motivo). Y creo que gran parte de problemas interpersonales y psicológicos son debido a estas confusiones.
Un gusto la conversación, tus artículos y el comentario de Daniel la posibilitan.
Si bien apoyo tu idea de reconocer la naturaleza ilusoria de la personalidad y el ego, como ocurre con todo que consideremos "intrínseco" de las personas, lo de "adecuar el lenguaje a la realidad" para mí es precisamente lo contrario: la realidad aparece con el lenguaje, no al revés.
Igual me parece muy interesante la contradicción que destacas, eso que el rechazo de la vanidad puede ser en sí mismo un acto vanidoso.
Por supuesto. Y no tanto de entenderlo, sino de respetarlo, siempre y cuando sus características no constituyan una amenaza para otros (se alineen con la maldad, por decirlo así).
Por lo demás, creo que el texto más bien se centra en la idea de que las valoraciones que hacemos sobre los demás siempre son sesgadas y, por lo tanto, no suelen atenerse a lo que consideraríamos «la verdad» (si bien todo esta idea merece una —o más— newsletters aparte). No creo que intentemos cambiar a los demás conscientemente, pero sí que solemos valorar algunas conductas en función de nuestros prejuicios, y es ahí hacia donde apuntaba mi texto, ya que ese punto es el que me parece fundamental para, como tú dices, respetar y tratar de entender al otro.
Creo que voy en esa línea Emi, si aceptas desaparece el juicio porque lo que es es lo que debe ser. El juicio pienso que nace cuando percibes lo que es y piensas que no es como debe ser.
Quizá la idea no es desaparecer el juicio. Creo que el juicio siempre va a existir, pero lo importante es quitarle la carga negativa/positiva; con ecuanimidad.
Precisamente la idea del artículo es que encontrar esa ecuanimidad es una lucha constante: con nuestras ideas, con nuestros valores, con nuestra identidad lábil… (Lo cual no quiere decir que dejemos de intentarlo, por supuesto.)
Creo que la única forma de no generar polvo con nuestros pies es el camino de la quietud y el silencio > Meditación > percepción > contemplación > dejarse hacer > aceptación de que el mundo que es, es como debe ser, perfecto
Sí, añadiría la compasión. Cuando entendemos al otro, realmente lo entendemos, solo podemos darnos cuenta de que nosotros, en la totalidad de sus circunstancias, habríamos hecho exactamente lo mismo. Pero para todo esto es necesario poder dar un paso atrás, respirar, que no se nos lleven las emociones y ese orgullo y vanidad! En el papel es fácil, en la vida real no tanto. Por suerte tenemos muchas ocasiones de practicar! 😂 M.
Por añadir algo:
- La distinción entre orgullo y vanidad no es más, creo, que la interiorización de la aprobación social y su modelamiento. Puede ser incluso más puta, aparentemente más pura y sofisticada, pero más retorcida. A veces uno vive en una fantasía por no tener en cuenta el juicio ajeno, y a veces uno sufre por tenerlo en cuenta. La solución está en la adecuación a lo qué acontece, pues ahí no importa quien o cuantos juzguen.
- La personalidad, el ego o la identidad personal son meras construcciones ilusorias, no son reales. Podríamos decir que son herramientas ambivalentes que han de usarse con cuidado: nos permiten tener compromisos con los otros, dar un relato vital o dirigir nuestra conducta gracias a un sano orgullo (por ejemplo, obligándonos a un obrar moral y reforzándonos por ello o dotando de sentido nuestro obrar en el mundo); por otro lado, nos lastran al creer real y existente tal construcción ilusoria y confundir el relato con lo qué acontece. A mi parecer, hemos de tener por huevos un ego y usarlo para tener una buena vida, pero siendo conscientes de lo qué es. Es decir, hemos de ponernos en "modo on" y modo off" según convenga.
- Respecto a la pregunta de si es posible una visión ecuánime, yo diría que sí en bastante grado (más allá de debates sobre el realismo, el aprendizaje perceptivo ontogenético y la determinación (parcial) de los fenómenos por conceptos) y recomendaría una simple pero difícil práctica: adecuar el lenguaje a la realidad. Siempre que tratemos de describir una situación conviene evitar el uso de conceptos vagos y poco claro y limitarnos a los hechos que suceden, huyendo de toda valoración. La mayoría de conflictos o situaciones que suelen parecernos problemáticas dejan de serlo, pues la problematización radica en el juicio subjetivo, la valoración o la imaginación a futuro o pasado que existe a través de verbalizaciones. Yo lo llamo sufrimiento lingüístico. Seguramente, esto no es más que un control atencional de nuestras acciones aplicado al lenguaje, por ende, al pensamiento; pero es que el lenguaje tiene un peso tremebundo!
Por ejemplo: el escribir este mensaje por mi parte lleva implícito, aun siendo anónimo, un deseo de algún tipo de aprobación (sino, no lo compartiría; es gracioso la gente que hace cosas públicas (vestimenta, tatuajes, publicaciones...) y dice "lo hago por mí", lo qué muestra la complejidad de esa mirada ajena que interiorizamos), pero tal deseo es reconocido como egótico y usado, en cierto "modo on", para gozar de la escritura de este texto, leer una posible respuesta interesante o simplemente dejar una información que alguien podría encontrar útil. Ese reconocimiento del fin oculto que persigue el ego sólo puede darse con ecuanimidad y objetividad, y debemos ser conscientes de ello para dirigir al ego, a la herramienta, hacía los resultados que aportará, no al ego, sino a los sujetos sintientes que somos.
Un rescoldo de vanidad siempre queda y quedará. No querer ser vanidoso, no hay más grande vanidad. Aunque en el fondo, a mi parecer, nada de esto importa pues atiende al ego; y lo qué importa son los efectos que experimentamos.
Desde luego, si la vanidad se mide en la calidad y cantidad de palabras en el comentario, aquí tenemos una muestra… 😉
Obviando la broma, estoy de acuerdo contigo en la distinción entre orgullo y vanidad; uno mira hacia adentro y la otra hacia afuera. Lo que ocurre, pienso, es que ambos conceptos pueden ser malsanos si nos dejamos llevar solo por las «fantasías».
Lo cual me lleva a tu segundo punto: la identidad es un constructo, evidentemente, pero que influye de forma drástica en todo lo que hacemos, empezando por el relato que nos contamos. De ahí que si el relato está falseado, nuestros juicios también lo estarían y, en última instancia, valoraríamos de forma equivocado los juicios de otros.
Y todo ello nos lanza al tercer punto: la ecuanimidad en la valoración de los demás y de nosotros mismos. En este punto estoy un poco con Daniel: creo que es la realidad la que (con)forma nuestro lenguaje, de manera que al intentar adaptarnos en verdad estamos «creando» realidad. La nuestra, claro; la que nos conviene (y de ahí el tema de la newsletter).
Te agradezco mucho el comentario, Calda, porque da mucho que pensar y tus razonamientos provocan, a su vez, un montón de ideas que sería estupendo reflejar en próximas entregas.
Un saludo.
Hay que admitir cierto constructivismo, por supuesto. La cuestión, como en todo, está en cuánto constructivismo. Yo soy realista, afirmo la existencia de una realidad independiente a mí y creo que es parcialmente cognoscible en si misma. El constructivismo radical topa con múltiples problemas a mi juicio y es incoherente. Hay ámbitos en los que sí soy fuertemente relativista, y reconozco que hay objetos ideales (conceptos) y sociales que crea totalmente el lenguaje y el ser humano inmerso en una sociedad: el Cid, la Patria, Dios, el Amor, una carrera de Derecho, un "sí, quiero", el contenido de un libro, los derechos y deberes, el Real Madrid o cualquier concepto y símbolo.
Precisamente, mi apunte va en ligar el lenguaje a acciones y hechos que todos concordamos para evitar un relato falseado, para distinguir aquello que sí es construido (los valores morales; las etiquetas diagnósticas como las "enfermedades mentales"; o los motivos de las acciones) respecto aquello que no es construido (los efectos de una acción; la conducta que un sujeto hace como no salir de casa o rumiar de forma compulsiva; o qué se dice el sujeto a si mismo antes de actuar o qué estímulo ha observado antes de se despierte la apetencia o motivación). Evidentemente, toda observación tiene una carga teórica, pero toda observación no es sólo carga teórica. Una cosa es la "res" y la otra el "dictum",
Por poner un ejemplo cotidiano que seguro hemos experimentado todos. En el trabajo, en casa o donde fuera, alguien no ordena algo e ipso facto pensamos "No piensa en mí, me está jodiendo o lo ha hecho adrede". Eso es una interpretación subjetiva. El hecho es que ha dejado las cosas ahí, sin más, y lo más probable es que haya sido por olvido. En este caso, la falta de ecuanimidad puede llevarnos a problemas como una discusión; pero lo qué es seguro es que nos llevará a sentir rabia hacía el otro.
Otro ejemplo: Pienso "soy una mierda" o "soy el puto amo", o "no soy capaz" o "soy capaz". Esto no refiere hechos. Referiría hechos si dijese: "He cogido un libro, lo he leído y al finalizar no he retenido nada" o "He hecho una tortilla y ha quedado buena". O "mi objetivo no se ha cumplido porqué no le dedique tiempo suficiente".
U otro: "Mi hijo es un vago" o "Juan ayuda a cruzar la calle a una anciana porque es bueno". Tu hijo no es vago, tu hijo no estudia y en cambio dedica horas a jugar a la consola. Hechos. Juan no ayuda por ser bueno, Juan ayuda y a eso le llamamos bueno. Si tu hijo estudiase, no dejaría de ser vago, sólo estudiaría; y si Juan dejase de ayudar, no dejaría de ser bueno, simplemente dejaría de ayudar a cruzar, y por ende, dejaría de ser bueno, pero no cómo algo que Juan es, sino como descripción de lo que Juan hace.
El problema, creo, es confundir conceptos que engloban hechos por simplicidad y economía (cosa que hay que hacer), a creer que esos conceptos son cosas. Cometemos una hipóstasis que nos lastra en muchos casos, o confundimos descripciones con explicaciones cayendo en tautologías y en otros meramente atribuimos propiedades (como la intención) que pueden ser ciertas pero no suelen serlos por infinitos sesgos.
A menudo se liga con atributos identitarios, en otros con un cierto antropomorfismo que ve en las acciones de los demás siempre motivos, cuando estas suelen ser más un mero efecto del "hábito" (y aún cuando son motivos, no preguntamos el porqué del motivo). Y creo que gran parte de problemas interpersonales y psicológicos son debido a estas confusiones.
Un gusto la conversación, tus artículos y el comentario de Daniel la posibilitan.
Hola, qué buen aporte.
Si bien apoyo tu idea de reconocer la naturaleza ilusoria de la personalidad y el ego, como ocurre con todo que consideremos "intrínseco" de las personas, lo de "adecuar el lenguaje a la realidad" para mí es precisamente lo contrario: la realidad aparece con el lenguaje, no al revés.
Igual me parece muy interesante la contradicción que destacas, eso que el rechazo de la vanidad puede ser en sí mismo un acto vanidoso.
No crees que la mejor forma de entender al otro es aceptarlo como es, con sus defectos, sin quererlo cambiar, dejándolo ser?
Por supuesto. Y no tanto de entenderlo, sino de respetarlo, siempre y cuando sus características no constituyan una amenaza para otros (se alineen con la maldad, por decirlo así).
Por lo demás, creo que el texto más bien se centra en la idea de que las valoraciones que hacemos sobre los demás siempre son sesgadas y, por lo tanto, no suelen atenerse a lo que consideraríamos «la verdad» (si bien todo esta idea merece una —o más— newsletters aparte). No creo que intentemos cambiar a los demás conscientemente, pero sí que solemos valorar algunas conductas en función de nuestros prejuicios, y es ahí hacia donde apuntaba mi texto, ya que ese punto es el que me parece fundamental para, como tú dices, respetar y tratar de entender al otro.
Creo que voy en esa línea Emi, si aceptas desaparece el juicio porque lo que es es lo que debe ser. El juicio pienso que nace cuando percibes lo que es y piensas que no es como debe ser.
Por cierto, gracias por hacer pensar
Quizá la idea no es desaparecer el juicio. Creo que el juicio siempre va a existir, pero lo importante es quitarle la carga negativa/positiva; con ecuanimidad.
Precisamente la idea del artículo es que encontrar esa ecuanimidad es una lucha constante: con nuestras ideas, con nuestros valores, con nuestra identidad lábil… (Lo cual no quiere decir que dejemos de intentarlo, por supuesto.)
A ti por comentar. Siempre es muy agradable (e instructivo) que otros aporten sus puntos de vista. Aprendo mucho de los comentarios.
Creo que la única forma de no generar polvo con nuestros pies es el camino de la quietud y el silencio > Meditación > percepción > contemplación > dejarse hacer > aceptación de que el mundo que es, es como debe ser, perfecto
Es un gran acercamiento!
Sí, añadiría la compasión. Cuando entendemos al otro, realmente lo entendemos, solo podemos darnos cuenta de que nosotros, en la totalidad de sus circunstancias, habríamos hecho exactamente lo mismo. Pero para todo esto es necesario poder dar un paso atrás, respirar, que no se nos lleven las emociones y ese orgullo y vanidad! En el papel es fácil, en la vida real no tanto. Por suerte tenemos muchas ocasiones de practicar! 😂 M.